«La crianza importa mucho, pero no sentencia: el cerebro siempre puede cambiar»
Psicóloga clínica y fundadora del Centro de Psicología María Sancho, es una de las pocas investigadoras en España que trabaja en la intersección entre neurociencia, crianza y salud mental adolescente. Doctora por la Universidad de Cádiz con Cum Laude, acaba de obtener una las becas más prestigiosas a nivel internacional para desarrollar su investigación postdoctoral en Cambridge y Rotterdam.
Nuestra colaboradora forma parte de una nueva generación que pone el foco en la prevención en cuestiones de salud mental y cuya investigación no sólo se valora por su calidad científica sino el impacto real en la sociedad. Y en su caso ese impacto está muy definido: poder desarrollar pautas útiles para colegios, familias e instituciones.
Con un centro clínico en marcha, decides doctorarte y orientarte hacia la investigación.
Siempre me ha atraído el mundo de la enseñanza universitaria y de la investigación. Pero lo que realmente me impulsó fue algo que fui observando en la práctica clínica. Llevo años trabajando el apego en consulta — cómo se forma el vínculo entre padres e hijos, cómo influye en el desarrollo cerebral, en la regulación emocional, en el bienestar. Lo trabajamos tanto con adultos como con niños y adolescentes. Y fui viendo con cada vez más claridad cómo la crianza lo impregna todo: la autoestima, las relaciones con los demás, incluso las funciones ejecutivas del cerebro — la capacidad de planificar, autorregularse, tomar decisiones. Cuando decidí doctorarme, tenía claro que quería investigar precisamente esa relación. Realicé un estudio con más de 500 adolescentes de colegios públicos, privados y concertados de Andalucía, y los resultados confirmaron lo que la práctica clínica ya me estaba señalando.
En esa investigación aparece un dato muy significativo: la crianza y el desarrollo cerebral explican casi el 41% del bienestar psicológico de un adolescente. ¿Qué significa eso para una familia?
Significa que el vínculo que se construye con un hijo — la disponibilidad emocional, la capacidad de entender sus necesidades, de corregularle emocionalmente — tiene un impacto medible y relevante en el desarrollo cerebral de ese niño y, por tanto, en cómo va a relacionarse consigo mismo, con los demás y con el mundo. La forma en que criamos moldea el cerebro en desarrollo de maneras concretas. Dicho esto, el porcentaje restante lo explican muchos otros factores que ya estamos estudiando, como por ejemplo cómo influyen el grupo de iguales, la tecnología o el entorno escolar.
¿Qué le dirías a los padres que lean esto — tanto a los que sienten que han cometido errores como a los que simplemente no saben por dónde empezar?
Primero, que nunca es tarde para cambiar dinámicas. La crianza importa mucho, pero no sentencia. Y precisamente por eso tiene tanto valor entenderla mejor. Una de las cosas más importantes que trabajamos en terapia — y que considero nuclear para construir un vínculo seguro — es la corregulación emocional. Los niños y adolescentes necesitan que un adulto les ayude a identificar lo que sienten, a entenderlo, a transitarlo. Es a través de esa corregulación como aprenden a gestionarse emocionalmente de adultos.
El problema es que muchas veces como padres no sabemos sostener las emociones de nuestros hijos — la tristeza, el enfado, la frustración — y nos genera mucha incomodidad. Ante ese no saber qué hacer, la reacción más habitual suele ser enfadarse también, o intentar tapar lo que el niño siente cambiando de tema, distrayendo. El resultado es que el niño se queda solo con todo eso, sin herramientas para procesarlo. Y eso, con el tiempo, tiene un coste emocional real. Pero lo importante es que esto se aprende. No es una habilidad innata — es algo que se puede trabajar, y que cambia la relación de forma muy significativa.
Presentas el proyecto a la Comisión Europea y optas a la beca Marie Curie (menos del 8% de los proyectos la obtienen) ¿Cómo fue ese proceso?
Fue un proceso exigente, pero tenía claro que el proyecto lo merecía. Creo que mi punto de partida era algo distinto al del perfil investigador más habitual, que suele proceder exclusivamente del ámbito académico. Yo vengo de años de práctica clínica con familias, y eso aportaba una perspectiva diferente que creo que fue clave. Hoy una de las dimensiones más valoradas en investigación es la transferencia — que el conocimiento generado pueda tener un retorno real para la sociedad. Lo que queremos entender con este proyecto es si entrenar las funciones ejecutivas del cerebro — esa capacidad de regularse, planificar y gestionar emociones — puede compensar, al menos en parte, los efectos de una crianza difícil. Y si es así, cómo intervenir de forma práctica en colegios y comunidades, para llegar a los adolescentes que lo necesitan y que hoy no tienen acceso a atención especializada.
Sobre el impacto de la tecnología y las redes sociales. ¿Qué hipótesis manejas?
Las redes sociales afectan precisamente las áreas del cerebro que investigo. Durante la adolescencia, la corteza prefrontal — responsable de la regulación emocional, la planificación y el control de impulsos — todavía está en proceso de maduración. Y las plataformas digitales están diseñadas de un modo que interfiere directamente con ese desarrollo: la gratificación inmediata, la validación externa constante (los famosos likes), la comparación… todo ello activa circuitos de recompensa que pueden comprometer el desarrollo de esas funciones. La literatura científica más reciente apunta en esa dirección. Lo que queremos explorar es en qué medida ese efecto interactúa con lo que ya hemos observado en torno al apego, y si un vínculo familiar sólido puede actuar como factor protector.
Se habla muchísimo más de salud mental que hace una década. ¿Crees que también la comprendemos mejor?
Se habla más, se acude más al psicólogo, hay menos estigma — eso es innegable y es positivo. Pero al mismo tiempo hay mucha desinformación. Ha entrado mucha gente en el espacio de la salud mental sin formación clínica real, ofreciendo métodos sin respaldo científico que simplifican algo enormemente complejo y generan expectativas que no se corresponden con cómo funciona realmente el trabajo psicológico. Mayor visibilidad no es lo mismo que mayor comprensión. Y en ese sentido, creo que la investigación rigurosa — llevarla a las aulas, a las familias, a las instituciones — es precisamente lo que puede marcar la diferencia. Queda camino por recorrer, pero vamos en la dirección correcta.
María Sancho compagina su investigación en la Erasmus University Rotterdam y la Universidad de Cambridge con la dirección de su centro clínico, donde junto a su equipo de especialistas aplican los últimos avances científicos en la práctica clínica.


