EL RENACER DEL PALACIO DE PORTOCARRERO: UN PATRIMONIO EN MOVIMIENTO
Tres décadas de restauración han devuelto a la vida uno de los conjuntos monumentales más singulares de Andalucía. De la mano de Cristina Ybarra —enérgica, divertida y rigurosa a la vez— recorrer Portocarrero es entrar en un relato que mezcla memoria, arquitectura y un jardín único con más de 400 variedades de cítricos. Un patrimonio vivo contado por alguien que lo conoce palmo a palmo.
En Palma del Río, el Palacio de Portocarrero ha dejado de ser un monumento olvidado para convertirse en un referente de restauración patrimonial. Cristina Ybarra y Enrique Moreno de la Cova han recuperado sus estructuras, jardines y estancias con rigor y coherencia, devolviéndolo al presente con un uso cultural y visitable. El resultado: un espacio histórico vivo donde conviven un alcázar almohade, un palacio renacentista y uno de los jardines de cítricos más singulares de España.
Durante más de treinta años han afrontado una restauración rigurosa, pieza a pieza, que ha permitido salvar un patrimonio que muchos daban por irrecuperable. Cristina lo recuerda con una anécdota que resume bien el espíritu del proyecto: «La petición de mano llevaba otra petición dentro: si no restauro esto, me dijo Enrique, no me lo perdonaré en la vida. Sabía que sería un sacrificio enorme, pero para mí era un reto ilusionante.» Nos cuenta.
Y hoy, ese “sí” doble se ha convertido en una nueva pasión, abrir las puertas a los visitantes para que conozcan este conjunto arquitectónico único en España, donde conviven mil años de historia.
Un recorrido al estilo andalusí
Antes de empezar el recorrido, Cristina avisa: «Vamos a hacerlo a la manera andalusí, con un orden diseñado para sorprender y con un ritual que prepara la mente.»
Su ritmo es rápido, lleno de datos, fechas, anécdotas y curiosidades que lanza como quien conversa en el salón de su casa. Pero no abruma: todo se entiende, todo se retiene. Tiene la habilidad de enseñar sin que lo parezca, mezclando rigor histórico con una naturalidad que engancha.
Y así iniciamos la visita por un elegante zaguán con olor a cítricos para adentrarnos en la propia historia de este palacio que alojó a los mismos Reyes Católicos, al reconocido Gran Capitán, los Condes Palma y siglos después hasta el propio Ridley Scott, que lo eligió como localización para su película “El Reino de los Cielos”, junto a Liam Neeson.
Todas esas historias que Cristina va hilando convierten el paseo en una crónica en directo y enseguida entiendes que aquí se vive, se cuenta y se comparte.
Museo vivo de la naranja
Uno de los grandes atractivos del palacio es su jardín hispano-mudéjar, bautizado por los propios Reyes Católicos como el “Jardín de Andalucía”. Conserva el sistema de riego almohade y cultiva más de 400 variedades de cítricos procedentes de medio mundo, de ahí que sea conocido como el “Museo vivo de la naranja”.
Cristina no se limita a enumerar esas variedades sino a crear un relato. Con su tono divertido, los describe como si fueran personas: «Aquí hay ricos, pequeñitos, rubios, de pelo blanco, solitarios, sociables, tímidos, frioleros, quejicas, llorones… Igual que nosotros.» señala.
Museo del Traje
El “Museo del Traje” reúne piezas familiares y vestidos de alta costura de Cristina Ybarra. No es un muestrario de moda, sino un archivo vital: recuerdos, fotografías y diseños que cuentan pequeñas historias personales que ella narra con la misma frescura con la que habla de naranjos o murallas romanas.
El salón de baile del palacio, ahora estudio de pintura
La visita termina en el estudio de pintura de Cristina. Esta licenciada en Bellas Artes ha convertido el antiguo salón de baile del palacio en su espacio de trabajo. La luz, los lienzos, los pigmentos y su obra —colorista, simbólica, vibrante— revelan otra faceta de la anfitriona: la artista. Allí el patrimonio deja paso a la creación contemporánea, cerrando el recorrido en un diálogo perfecto entre pasado y presente.
Cristina no solo ha rescatado una joya arquitectónica, ha convertido este lugar en el marco perfecto para su propia obra. El broche final ideal para una visita que empieza en la historia en el arte.


